Wilson Urueta 06/03/2019
¿Qué es lo virtual?
Resumen del libro ¿Qué es lo virtual? de Pierre Lévy.
Tercera Parte
Virtualización de las
relaciones
Los rituales, las religiones, las morales, las leyes, las reglas
económicas o políticas son dispositivos sociales para virtualizar las relaciones
fundadas en las relaciones de fuerza, las pulsiones, los instintos o los deseos
inmediatos. Una convención o un contrato, por citar un ejemplo privilegiado,
define una relación independiente de una situación particular; independiente, en
principio, de las variaciones emocionales de aquellos a quienes implica; independiente de la
fluctuación de las relaciones de fuerza.
Una ley encierra una cantidad
indefinida de detalles virtuales, de los que sólo un pequeño número de ellos
está explícitamente previsto en su texto. En una sociedad determinada, un mismo
ritual (digamos un matrimonio o una ceremonia de iniciación) se aplica a un
sinfín de personas. El cambio de condición («ahora, estáis casados», «ahora, usted
es un adulto») es automático e idéntico para todos. No se obliga a reinventar y
negociar algo nuevo en cada situación particular. Los ejemplos de la
iniciación, del matrimonio o de la venta muestran que la virtualización de las relaciones
y de las impulsiones inmediatas, a la vez que estabiliza los comportamientos y
las identidades, también fija procedimientos precisos para transformar las
relaciones y las condiciones personales.
Por medio del
lenguaje, la emoción virtual izada por el relato vuela de boca en boca. Gracias
a la técnica, la acción virtualizada por la herramienta pasa de mano en mano. Del
mismo modo, en la estera de las relaciones sociales, es posible organizar el
movimiento o la desterritorialización de relaciones virtualizadas.
Un proceso continuo
de virtualización de las relaciones forma poco a poco la complejidad de las culturas
humanas: religión, ética, derecho, política, economía. La concordia no puede ser un
estado natural porque, para los humanos, la construcción social pasa por la
virtualización.
La virtualización
El arte es difícil de definir porque
casi siempre se halla en la frontera del simple lenguaje expresivo, de la técnica
ordinaria (la artesanía) o de la función social asignable con demasiada
claridad, y fascina porque pone en marcha la más virtualizante de las
actividades.
En efecto, el arte da una forma externa,
una manifestación pública a las emociones, a las sensaciones sentidas en la más
íntima subjetividad. Aunque sean impalpables y fugaces, sentimos, sin embargo, que
estas emociones son la sal de la vida. Convirtiéndolas en independientes de un
momento y de un lugar particular, o al menos (para las artes vivas) dándoles un
alcance colectivo, el arte nos permite compartir una manera de sentir, una
calidad de experiencia subjetiva.
La virtualización, en general, es una guerra
contra la fragilidad, el dolor y la usura. En búsqueda de la seguridad y del
control, perseguimos lo virtual porque nos conduce hacia regiones ontológicas
que los peligros ordinarios ya no permiten alcanzar. El arte cuestiona esta tendencia
y, por lo tanto, virtualiza la virtualización, porque en el mismo movimiento
busca una salida al aquí y ahora, y a su exaltación sensual, retoma la propia
tentativa de evasión en sus vueltas y rodeos, ata y desata en sus juegos la
energía afectiva que nos hace superar el caos y, en una última espiral,
denuncia así el motor de la virtualización, problematiza el esfuerzo infatigable,
a veces fecundo y condenado siempre al fracaso, que hemos emprendido para
escapar de la muerte.
La comunidad de los símbolos
La
vía triple, o trivium, constituía la base de la enseñanza liberal en la
Antigüedad y en la Edad Media. Comprendía la gramática (saber leer y escribir
correctamente), la dialéctica (saber razonar) y la retórica (saber componer un
discurso y convencer).
Nuestra hipótesis es que cada una de
las tres «vías» encierra operaciones que casi siempre son empleadas en los
procesos de virtualización.
En primer término, la
gramática. Partiendo de la continuidad de los sonidos, una lengua aisla o
fragmenta fonemas, una especie de primeros elementos no significantes. Las unidades
significativas (palabras, frases o «letras») se presentan como secuencias de
elementos desprovistos de sentido en sí mismos (los fonemas). Cada combinación de
elementos tendrá un sentido diferente y los elementos tomarán un valor distinto
en cada combinación. La gramática es el arte de componer pequeñas unidades
significativas con elementos no significativos y grandes unidades significativas
(frases, discursos) con las unidades pequeñas. Remarquemos que las operaciones «gramaticales»
de fragmentación y disposición de elementos no conciernen únicamente a la lengua,
sino también a la escritura, incluidas las escrituras no alfabéticas.
La dialéctica —arte del diálogo—ha
venido a definir la ciencia de la argumentación y, en la universidad medieval,
la lógica y la semántica. La gramática concernía a la articulación interna de
la lengua, al manejo de las herramientas lingüísticas y de la escritura. La
dialéctica, en cambio, establecía una relación de reciprocidad entre los interlocutores,
puesto que no existe ningún esfuerzo argumentativo que no dé por sobrentendida
una especie de paridad intelectual. De este modo, la dialéctica enlaza con un
sistema de signos y un mundo objetivo situado por los interlocutores en
posición de mediador. ¿Las proposiciones son verdaderas o falsas, y por qué?
¿De qué forma se corresponden con un estado del mundo? La dialéctica mantiene,
al mismo tiempo, la relación con el otro (la argumentación) y la relación con
el «exterior» (la semántica, la referencia). Una lengua no existe sin estas
operaciones de puesta en común o de sustitución convencional entre un ámbito de
los signos y un ámbito de las cosas.
Por último, la retórica designa el
arte de actuar sobre los otros y el mundo con la ayuda de los signos. En
el estado retórico o pragmático, ya no se trata sólo de representar el estado
de las cosas, sino también de transformarlo, e incluso de crear una realidad
surgida del lenguaje, es decir, hablando con rigor, un mundo virtual: el mundo del
arte, de la ficción, de la cultura, del universo mental humano.
Eventualmente este mundo segregado por
el lenguaje servirá de referencia a operaciones dialécticas o será empleado
nuevamente en otros proyectos de creación. El lenguaje sólo despega en forma de
retórica.
En ese momento, se alimenta de su
propia actividad, impone sus finalidades y reinventa el mundo.
Mi hipótesis consiste en que las
operaciones gramaticales, dialéctica y retóricas, claves de la potencia
virtualizante del lenguaje, caracterizan igualmente a la técnica y a la
complejidad relacional. ¡Nada más lejos de mí la idea de «reducirlo todo al
lenguaje»! Al contrario, se trata de poner en evidencia, detrás de la eficacia
de las lenguas, una estructura abstracta, neutra, que también caracteriza a otros
tipos de actividades humanas capaces de hacernos escapar del aquí y ahora.
La gramática técnica no sólo concierne
a los gestos, sino que también se refiere a módulos materiales elementales que
se pueden combinar para componer gamas de artefactos o de herramientas. A modo de
ejemplo, el mismo mango puede servir para el montaje de una pala o un pico, y
se pueden utilizar ladrillos idénticos en la construcción de casas muy
diferentes.
En el núcleo de la
significación reside la operación de sustitución. Si la palabra «árbol»
significa, es particularmente porque, en ciertas circunstancias y para usos determinados, ocupa el
lugar de árbol real. Ahora bien, y casi de la misma forma, un dispositivo
técnico vale por otro dispositivo, no técnico o de una técnica
menos compleja. La fuente instalada en la plaza, a su vez, ocupa el lugar del acto
de caminar hacia el manantial o el río. Los grifos de la cocina y del cuarto de
baño «denotan» la siguiente «significación»: usted ya no tiene que subir el
agua del pozo o contratar los servicios de un portador. Otro ejemplo: la
bicicleta sólo es un objeto técnico porque sustituye al acto de caminar sin
necesidad de equipamiento mecánico o al caballo excesivamente caro. Por regla
general, el sentido de un artefacto o herramienta es el dispositivo que
habría sido necesario utilizar para obtener el mismo resultado de no haber sido
inventado. El objeto técnico no sólo cumple, como el signo, una función de sustitución
sino que, además, realiza el mismo tipo de abstracción. Del mismo
modo, una bicicleta no reemplaza particularmente a esas piernas que están
caminando o a ese caballo que está en la cuadra, sino que desempeña una función
general de transporte, una función abstracta, desligada a priori de tal
o cual «referente» particular, refiriéndose, por lo tanto, a una cantidad indeterminada
de situaciones o de dispositivos concretos de desplazamiento.
Finalmente, la técnica también posee
su retórica, en el sentido de que su movimiento no se limita a acumular
artefactos o herramientas «prácticas» y «útiles» que hacen ganar tiempo y
energía. La invención técnica abre posibilidades radicalmente nuevas en las que
el desarrollo termina por hacer crecer un mundo autónomo, una creación arborescente
en la que ya no se puede advertir ningún criterio estático de utilidad. Pero la
producción de artefactos alcanza un estado retórico cuando participa en la creación
de nuevos fines. Por ejemplo, las calculadoras electrónicas puestas a punto en
los años cuarenta permitieron realizar operaciones aritméticas mil veces más
rápido que las calculadoras electromecánicas y analógicas anteriores. Pero no
fue suficiente lograr que las nuevas máquinas hicieran más rápido que las antiguas
las mismas operaciones. Esto sólo fue posible gracias a la velocidad que adquirió
la electrónica, que hizo innecesario optimizar la disposición material de los
circuitos en función de las operaciones requeridas. Fue así como nació la informática
y el universo de programas comenzó a multiplicarse.
Dialéctica de la
ética
base se elaborará una cantidad infinita
de secuencias de interacciones, una especie de texto o hipertexto relacional.
Antes hemos abordado la dimensión
dialéctica de la ética, tomada aquí en el sentido general de complejidad
relacional y relativa al comportamiento. Un contrato sustituye a una
relación de fuerza o a una discusión permanente; un ritual ahorra la
negociación de un deseo o de una identidad. Al igual que en el caso del
lenguaje y de la técnica, una cadena de actos se puede referir a otras
construcciones éticas, y esto de un modo recursivo hasta formar una acumulación
de significaciones simultáneas, a modo de dimensión armónica del vínculo
social. Una operación simbólica reemplaza a un sacrificio animal; un sacrificio
animal vale por un sacrificio humano; un sacrificio humano ahorra una guerra
civil.
En la fase retórica, se debe constatar,
finalmente, el crecimiento de un universo relacional autónomo en los planos
legal, institucional, político, comercial, moral y religioso.
Dialéctica de los
signos y las cosas
Un hombre prehistórico ve una rama. La
reconoce por lo que es. Pero la historia no se detiene aquí, ya que el hombre, dialectizando,
ve doble. Observa sobre la rama y la imagina como un garrote. La rama significa
garrote. La rama es un garrote virtual.
Sustitución. Toda la técnica se basa en
esta capacidad de torsión, de desdoblamiento o heterogénesis de lo real. De
repente, una entidad real, adherida a su identidad y a su función, encubre otra
función, otra identidad, entra en nuevas combinaciones, entra en un proceso de
heterogénesis. Se trata de la misma capacidad de interpretar, o inventar, un
sentido que funciona tanto en el lenguaje y la técnica corno en el bricolaje y
la lectura.
La dialéctica de las personas, al ser,
a su vez, una dialéctica de los signos y una dialéctica de las cosas nos obliga
mutuamente a integrar el punto de vista del prójimo, a significarnos
recíprocamente en las negociaciones, los contratos, las convenciones, los
tratados, los acuerdos y en las reglas de la vida pública en general. Al
colocarnos (virtualmente) en el lugar del prójimo, nos entregamos al juego
dialéctico de la sustitución. La dialéctica virtualizante, a diferencia de un
gran reparto entre los signos y las cosas, establece relaciones de
significación, de asociación o de referencia entre una entidad cualquiera y
otra distinta.
Todas las cosas pueden llegar a significar.
Del mismo modo, cada signo depende de una inscripción física, de una materia de
expresión. Por último, el mundo de las ideas, imagen de las imágenes y sede de
los arquetipos, modela la experiencia en una cara de la moneda y refleja la
realidad en la otra.
El segundo mundo es
posterior a la operación dialéctica, no es ni «real» ni estático, sino que nace
y renace sin cesar —está siempre en el estado naciente de un proceso infinito de desdoblamiento,
de reenvío y de correspondencia—. Las operaciones gramaticales multiplican el
grado de libertad. En un terreno ablandado por la gramática, la dialéctica
impulsa las cadenas de desvíos y los procesos rizomáticos del sentido, abriendo
así la carrera hacia los mundos virtuales en los que habita la retórica y hace
crecer con total autonomía.
Virtualización de la
inteligencia
Nosotros, los seres humanos, nunca
pensamos solos ni sin la ayuda de herramientas. Las instituciones, las lenguas,
los sistemas de signos, las técnicas de comunicación, de representación y de
grabación informan en profundidad a nuestras actividades cognitivas: toda una sociedad
cosmopolita piensa en nosotros. Por este motivo, a pesar de la permanencia de
las estructuras neuronales de base, el pensamiento es extremadamente histórico,
fechado y localizado, no solamente en su propósito, sino también en sus
procedimientos y modos de funcionamiento.
Si el colectivo piensa en nosotros:
¿se puede llegar a pretender que existe un pensamiento actual, efectivo, de los
colectivos humanos?, ¿se puede hablar de una inteligencia sin conciencia unificada
o de un pensamiento sin subjetividad?, ¿hasta qué punto hace falta redefinir
las nociones de pensamiento y de psiquismo para que lleguen a ser congruentes
con las sociedades? Se dice que nos estamos transformando en las neuronas de
una hipercorteza planetaria. Por lo tanto, se hace urgente aclarar estas
cuestiones y resaltar las diferencias entre las formas de inteligencia
colectiva, sobre todo las que separan a las sociedades humanas de los hormigueros
y las colmenas.
El desarrollo de la comunicación asistida
por ordenador y de las redes digitales planetarias aparecería como la
realización de un proyecto más o menos bien formulado: el de la constitución
deliberada de nuevas formas de inteligencia colectiva, más flexibles, más
democráticas, fundadas sobre la base de la reciprocidad y del respeto a las singularidades.
En este sentido, la inteligencia colectiva se podría definir como una
inteligencia distribuida en todos lados, continuamente valorizada y puesta en
sinergia en tiempo real. Este nuevo ideal podría reemplazar a la inteligencia
artificial como nuevo mito movilizador del desarrollo de las tecnologías digitales...
y por añadidura podría ocasionar una reorientación de las ciencias cognitivas,
de la filosofía del espíritu y de la antropología hacia cuestiones referidas a
la ecología o a la economía de la inteligencia.
Denomino
«inteligencia» al conjunto canónico de las actitudes cognitivas, es decir a las
capacidades de percibir, de recordar, de aprender, de imaginar y de razonar.
Todos los seres humanos son inteligentes en la medida en que poseen estas
aptitudes. Sin embargo, el ejercicio de sus capacidades cognitivas conlleva una
parte colectiva o social generalmente subestimada. Los conocimientos, valores y
herramientas transmitidos por la cultura
constituyen el contexto nutricional, el baño intelectual y
moral a partir del cual los pensamientos individuales se desarrollan,
establecen sus pequeñas variaciones y, a veces, producen innovaciones mayores.
Nos es imposible ejercer nuestra
inteligencia independientemente de las lenguas, lenguajes y sistemas de signos
(anotaciones científicas, códigos visuales, modos musicales, simbolismos, etc.)
legados por la cultura y que usan miles o millones de personas además de
nosotros.
Por
otro lado, las herramientas y los artefactos que nos rodean incorporan la
dilatada memoria de la humanidad. Cada vez que los utilizamos apelamos, por
tanto, a la inteligencia colectiva. Las casas, los automóviles, los televisores y los ordenadores resumen líneas seculares
de investigación, de invenciones y de
descubrimientos. También cristalizan las capacidades de organización y de
cooperación puestas en práctica para producirlos.
REFERENCIAS
.- LIBRO
¿Qué es lo virtual? De Pierre Levy.
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