lunes, 1 de abril de 2019

¿Qué es lo virtual? Tercera Parte


Wilson Urueta 06/03/2019

¿Qué es lo virtual?
Resumen del libro ¿Qué es lo virtual? de Pierre Lévy. 


Tercera  Parte

Virtualización de las relaciones

        Los rituales, las religiones, las morales, las leyes, las reglas económicas o políticas son dispositivos sociales para virtualizar las relaciones fundadas en las relaciones de fuerza, las pulsiones, los instintos o los deseos inmediatos. Una convención o un contrato, por citar un ejemplo privilegiado, define una relación independiente de una situación particular; independiente, en principio, de las variaciones emocionales de aquellos a quienes implica; independiente de la fluctuación de las relaciones de fuerza.




Una ley encierra una cantidad indefinida de detalles virtuales, de los que sólo un pequeño número de ellos está explícitamente previsto en su texto. En una sociedad determinada, un mismo ritual (digamos un matrimonio o una ceremonia de iniciación) se aplica a un sinfín de personas. El cambio de condición («ahora, estáis casados», «ahora, usted es un adulto») es automático e idéntico para todos. No se obliga a reinventar y negociar algo nuevo en cada situación particular. Los ejemplos de la iniciación, del matrimonio o de la venta muestran que la virtualización de las relaciones y de las impulsiones inmediatas, a la vez que estabiliza los comportamientos y las identidades, también fija procedimientos precisos para transformar las relaciones y las condiciones personales.
Por medio del lenguaje, la emoción virtual izada por el relato vuela de boca en boca. Gracias a la técnica, la acción virtualizada por la herramienta pasa de mano en mano. Del mismo modo, en la estera de las relaciones sociales, es posible organizar el movimiento o la desterritorialización de relaciones virtualizadas.
        Un proceso continuo de virtualización de las relaciones forma poco a poco la complejidad de las culturas humanas: religión, ética, derecho, política, economía. La concordia no puede ser un estado natural porque, para los humanos, la construcción social pasa por la virtualización.

La virtualización

El arte es difícil de definir porque casi siempre se halla en la frontera del simple lenguaje expresivo, de la técnica ordinaria (la artesanía) o de la función social asignable con demasiada claridad, y fascina porque pone en marcha la más virtualizante de las actividades.
En efecto, el arte da una forma externa, una manifestación pública a las emociones, a las sensaciones sentidas en la más íntima subjetividad. Aunque sean impalpables y fugaces, sentimos, sin embargo, que estas emociones son la sal de la vida. Convirtiéndolas en independientes de un momento y de un lugar particular, o al menos (para las artes vivas) dándoles un alcance colectivo, el arte nos permite compartir una manera de sentir, una calidad de experiencia subjetiva.
La virtualización, en general, es una guerra contra la fragilidad, el dolor y la usura. En búsqueda de la seguridad y del control, perseguimos lo virtual porque nos conduce hacia regiones ontológicas que los peligros ordinarios ya no permiten alcanzar. El arte cuestiona esta tendencia y, por lo tanto, virtualiza la virtualización, porque en el mismo movimiento busca una salida al aquí y ahora, y a su exaltación sensual, retoma la propia tentativa de evasión en sus vueltas y rodeos, ata y desata en sus juegos la energía afectiva que nos hace superar el caos y, en una última espiral, denuncia así el motor de la virtualización, problematiza el esfuerzo infatigable, a veces fecundo y condenado siempre al fracaso, que hemos emprendido para escapar de la muerte.

La comunidad de los símbolos

         La vía triple, o trivium, constituía la base de la enseñanza liberal en la Antigüedad y en la Edad Media. Comprendía la gramática (saber leer y escribir correctamente), la dialéctica (saber razonar) y la retórica (saber componer un discurso y convencer).
Nuestra hipótesis es que cada una de las tres «vías» encierra operaciones que casi siempre son empleadas en los procesos de virtualización.
         En primer término, la gramática. Partiendo de la continuidad de los sonidos, una lengua aisla o fragmenta fonemas, una especie de primeros elementos no significantes. Las unidades significativas (palabras, frases o «letras») se presentan como secuencias de elementos desprovistos de sentido en sí mismos (los fonemas). Cada combinación de elementos tendrá un sentido diferente y los elementos tomarán un valor distinto en cada combinación. La gramática es el arte de componer pequeñas unidades significativas con elementos no significativos y grandes unidades significativas (frases, discursos) con las unidades pequeñas. Remarquemos que las operaciones «gramaticales» de fragmentación y disposición de elementos no conciernen únicamente a la lengua, sino también a la escritura, incluidas las escrituras no alfabéticas.
La dialéctica —arte del diálogo—ha venido a definir la ciencia de la argumentación y, en la universidad medieval, la lógica y la semántica. La gramática concernía a la articulación interna de la lengua, al manejo de las herramientas lingüísticas y de la escritura. La dialéctica, en cambio, establecía una relación de reciprocidad entre los interlocutores, puesto que no existe ningún esfuerzo argumentativo que no dé por sobrentendida una especie de paridad intelectual. De este modo, la dialéctica enlaza con un sistema de signos y un mundo objetivo situado por los interlocutores en posición de mediador. ¿Las proposiciones son verdaderas o falsas, y por qué? ¿De qué forma se corresponden con un estado del mundo? La dialéctica mantiene, al mismo tiempo, la relación con el otro (la argumentación) y la relación con el «exterior» (la semántica, la referencia). Una lengua no existe sin estas operaciones de puesta en común o de sustitución convencional entre un ámbito de los signos y un ámbito de las cosas.
Por último, la retórica designa el arte de actuar sobre los otros y el mundo con la ayuda de los signos. En el estado retórico o pragmático, ya no se trata sólo de representar el estado de las cosas, sino también de transformarlo, e incluso de crear una realidad surgida del lenguaje, es decir, hablando con rigor, un mundo virtual: el mundo del arte, de la ficción, de la cultura, del universo mental humano.
Eventualmente este mundo segregado por el lenguaje servirá de referencia a operaciones dialécticas o será empleado nuevamente en otros proyectos de creación. El lenguaje sólo despega en forma de retórica.
En ese momento, se alimenta de su propia actividad, impone sus finalidades y reinventa el mundo.
Mi hipótesis consiste en que las operaciones gramaticales, dialéctica y retóricas, claves de la potencia virtualizante del lenguaje, caracterizan igualmente a la técnica y a la complejidad relacional. ¡Nada más lejos de mí la idea de «reducirlo todo al lenguaje»! Al contrario, se trata de poner en evidencia, detrás de la eficacia de las lenguas, una estructura abstracta, neutra, que también caracteriza a otros tipos de actividades humanas capaces de hacernos escapar del aquí y ahora.
La gramática técnica no sólo concierne a los gestos, sino que también se refiere a módulos materiales elementales que se pueden combinar para componer gamas de artefactos o de herramientas. A modo de ejemplo, el mismo mango puede servir para el montaje de una pala o un pico, y se pueden utilizar ladrillos idénticos en la construcción de casas muy diferentes.
          En el núcleo de la significación reside la operación de sustitución. Si la palabra «árbol» significa, es particularmente porque, en ciertas circunstancias y para usos determinados, ocupa el lugar de árbol real. Ahora bien, y casi de la misma forma, un dispositivo técnico vale por otro dispositivo, no técnico o de una técnica menos compleja. La fuente instalada en la plaza, a su vez, ocupa el lugar del acto de caminar hacia el manantial o el río. Los grifos de la cocina y del cuarto de baño «denotan» la siguiente «significación»: usted ya no tiene que subir el agua del pozo o contratar los servicios de un portador. Otro ejemplo: la bicicleta sólo es un objeto técnico porque sustituye al acto de caminar sin necesidad de equipamiento mecánico o al caballo excesivamente caro. Por regla general, el sentido de un artefacto o herramienta es el dispositivo que habría sido necesario utilizar para obtener el mismo resultado de no haber sido inventado. El objeto técnico no sólo cumple, como el signo, una función de sustitución sino que, además, realiza el mismo tipo de abstracción. Del mismo modo, una bicicleta no reemplaza particularmente a esas piernas que están caminando o a ese caballo que está en la cuadra, sino que desempeña una función general de transporte, una función abstracta, desligada a priori de tal o cual «referente» particular, refiriéndose, por lo tanto, a una cantidad indeterminada de situaciones o de dispositivos concretos de desplazamiento.
Finalmente, la técnica también posee su retórica, en el sentido de que su movimiento no se limita a acumular artefactos o herramientas «prácticas» y «útiles» que hacen ganar tiempo y energía. La invención técnica abre posibilidades radicalmente nuevas en las que el desarrollo termina por hacer crecer un mundo autónomo, una creación arborescente en la que ya no se puede advertir ningún criterio estático de utilidad. Pero la producción de artefactos alcanza un estado retórico cuando participa en la creación de nuevos fines. Por ejemplo, las calculadoras electrónicas puestas a punto en los años cuarenta permitieron realizar operaciones aritméticas mil veces más rápido que las calculadoras electromecánicas y analógicas anteriores. Pero no fue suficiente lograr que las nuevas máquinas hicieran más rápido que las antiguas las mismas operaciones. Esto sólo fue posible gracias a la velocidad que adquirió la electrónica, que hizo innecesario optimizar la disposición material de los circuitos en función de las operaciones requeridas. Fue así como nació la informática y el universo de programas comenzó a multiplicarse.

Dialéctica de la ética

          Para que la vida colectiva se pueda estabilizar y hacer más compleja es necesaria la presencia de elementos invariables, como la salud, la ira, la ofensa, la promesa o el homenaje, reconocibles en un número infinito de circunstancias. Desde un punto de vista estrictamente físico, todos los sonidos son diferentes. Es sólo en el proceso virtualizante de la lengua cuando dos sonidos diferentes ejemplifican el mismo fonema. Lo mismo sucede con los distintos tipos de sentimientos o con los actos sociales, diferentes desde un estricto plano psicológico, pero que, sin embargo, conducen al mismo átomo relacional en el juego de la construcción de la complejidad social. A partir de los elementos de
base se elaborará una cantidad infinita de secuencias de interacciones, una especie de texto o hipertexto relacional.
Antes hemos abordado la dimensión dialéctica de la ética, tomada aquí en el sentido general de complejidad relacional y relativa al comportamiento. Un contrato sustituye a una relación de fuerza o a una discusión permanente; un ritual ahorra la negociación de un deseo o de una identidad. Al igual que en el caso del lenguaje y de la técnica, una cadena de actos se puede referir a otras construcciones éticas, y esto de un modo recursivo hasta formar una acumulación de significaciones simultáneas, a modo de dimensión armónica del vínculo social. Una operación simbólica reemplaza a un sacrificio animal; un sacrificio animal vale por un sacrificio humano; un sacrificio humano ahorra una guerra civil.
En la fase retórica, se debe constatar, finalmente, el crecimiento de un universo relacional autónomo en los planos legal, institucional, político, comercial, moral y religioso.

Dialéctica de los signos y las cosas

Un hombre prehistórico ve una rama. La reconoce por lo que es. Pero la historia no se detiene aquí, ya que el hombre, dialectizando, ve doble. Observa sobre la rama y la imagina como un garrote. La rama significa garrote. La rama es un garrote virtual.
Sustitución. Toda la técnica se basa en esta capacidad de torsión, de desdoblamiento o heterogénesis de lo real. De repente, una entidad real, adherida a su identidad y a su función, encubre otra función, otra identidad, entra en nuevas combinaciones, entra en un proceso de heterogénesis. Se trata de la misma capacidad de interpretar, o inventar, un sentido que funciona tanto en el lenguaje y la técnica corno en el bricolaje y la lectura.
La dialéctica de las personas, al ser, a su vez, una dialéctica de los signos y una dialéctica de las cosas nos obliga mutuamente a integrar el punto de vista del prójimo, a significarnos recíprocamente en las negociaciones, los contratos, las convenciones, los tratados, los acuerdos y en las reglas de la vida pública en general. Al colocarnos (virtualmente) en el lugar del prójimo, nos entregamos al juego dialéctico de la sustitución. La dialéctica virtualizante, a diferencia de un gran reparto entre los signos y las cosas, establece relaciones de significación, de asociación o de referencia entre una entidad cualquiera y otra distinta.
Todas las cosas pueden llegar a significar. Del mismo modo, cada signo depende de una inscripción física, de una materia de expresión. Por último, el mundo de las ideas, imagen de las imágenes y sede de los arquetipos, modela la experiencia en una cara de la moneda y refleja la realidad en la otra.
          El segundo mundo es posterior a la operación dialéctica, no es ni «real» ni estático, sino que nace y renace sin cesar —está siempre en el estado naciente de un proceso infinito de desdoblamiento, de reenvío y de correspondencia—. Las operaciones gramaticales multiplican el grado de libertad. En un terreno ablandado por la gramática, la dialéctica impulsa las cadenas de desvíos y los procesos rizomáticos del sentido, abriendo así la carrera hacia los mundos virtuales en los que habita la retórica y hace crecer con total autonomía.

Virtualización de la inteligencia

Nosotros, los seres humanos, nunca pensamos solos ni sin la ayuda de herramientas. Las instituciones, las lenguas, los sistemas de signos, las técnicas de comunicación, de representación y de grabación informan en profundidad a nuestras actividades cognitivas: toda una sociedad cosmopolita piensa en nosotros. Por este motivo, a pesar de la permanencia de las estructuras neuronales de base, el pensamiento es extremadamente histórico, fechado y localizado, no solamente en su propósito, sino también en sus procedimientos y modos de funcionamiento.
Si el colectivo piensa en nosotros: ¿se puede llegar a pretender que existe un pensamiento actual, efectivo, de los colectivos humanos?, ¿se puede hablar de una inteligencia sin conciencia unificada o de un pensamiento sin subjetividad?, ¿hasta qué punto hace falta redefinir las nociones de pensamiento y de psiquismo para que lleguen a ser congruentes con las sociedades? Se dice que nos estamos transformando en las neuronas de una hipercorteza planetaria. Por lo tanto, se hace urgente aclarar estas cuestiones y resaltar las diferencias entre las formas de inteligencia colectiva, sobre todo las que separan a las sociedades humanas de los hormigueros y las colmenas.
El desarrollo de la comunicación asistida por ordenador y de las redes digitales planetarias aparecería como la realización de un proyecto más o menos bien formulado: el de la constitución deliberada de nuevas formas de inteligencia colectiva, más flexibles, más democráticas, fundadas sobre la base de la reciprocidad y del respeto a las singularidades. En este sentido, la inteligencia colectiva se podría definir como una inteligencia distribuida en todos lados, continuamente valorizada y puesta en sinergia en tiempo real. Este nuevo ideal podría reemplazar a la inteligencia artificial como nuevo mito movilizador del desarrollo de las tecnologías digitales... y por añadidura podría ocasionar una reorientación de las ciencias cognitivas, de la filosofía del espíritu y de la antropología hacia cuestiones referidas a la ecología o a la economía de la inteligencia.
         Denomino «inteligencia» al conjunto canónico de las actitudes cognitivas, es decir a las capacidades de percibir, de recordar, de aprender, de imaginar y de razonar. Todos los seres humanos son inteligentes en la medida en que poseen estas aptitudes. Sin embargo, el ejercicio de sus capacidades cognitivas conlleva una parte colectiva o social generalmente subestimada. Los conocimientos, valores y herramientas  transmitidos por la cultura constituyen el contexto nutricional, el baño intelectual y moral a partir del cual los pensamientos individuales se desarrollan, establecen sus pequeñas variaciones y, a veces, producen innovaciones mayores.
Nos es imposible ejercer nuestra inteligencia independientemente de las lenguas, lenguajes y sistemas de signos (anotaciones científicas, códigos visuales, modos musicales, simbolismos, etc.) legados por la cultura y que usan miles o millones de personas además de nosotros.
Por otro lado, las herramientas y los artefactos que nos rodean incorporan la dilatada memoria de la humanidad. Cada vez que los utilizamos apelamos, por tanto,  a  la  inteligencia  colectiva.   Las casas,  los  automóviles,  los  televisores  y  los  ordenadores  resumen  líneas  seculares  de investigación, de invenciones y de descubrimientos. También cristalizan las capacidades de organización y de cooperación puestas en práctica para producirlos.

REFERENCIAS


.-        LIBRO ¿Qué es lo virtual? De Pierre Levy.
  


















No hay comentarios.:

Publicar un comentario