martes, 2 de abril de 2019

¿Qué es lo virtual? Cuarta Parte


Wilson Urueta 06/03/2019


¿Qué es lo virtual?
Resumen del libro ¿Qué es lo virtual? de Pierre Lévy. 


Cuarta  Parte

Virtualización de las relaciones

Pero las herramientas no son sólo memorias, sino también máquinas de percibir que pueden funcionar en tres niveles diferentes: directo, indirecto y metafórico. Directamente, las gafas, microscopios, telescopios, rayos X, teléfonos, cámaras fotográficas y de vídeo, televisores, etc., extienden el alcance y transforman la naturaleza de nuestras percepciones. Indirectamente, los automóviles, los aviones o las redes de ordenadores, por ejemplo, modifican profundamente nuestra relación con el mundo y, en particular, con el espacio y el tiempo, de tal forma que se hace imposible decidir si transforman el mundo humano o nuestra manera de percibirlo.
Finalmente, los instrumentos y los artefactos materiales nos ofrecen innumerables modelos concretos, socialmente compartidos, a partir de los cuales podemos aprehender, por medio de metáforas, fenómenos o problemas más abstractos. Así, Aristóteles reflexionaba sobre la causalidad a partir del ejemplo del alfarero, la sociedad del siglo xv nos representaba el cuerpo como una especie de mecanismo y hoy construimos modelos computacionales del conocimiento. Mediante los artefactos, nuestra percepción del mundo participa en la inmensa labor del hombre y en su dilatada inteligencia, aquí y ahora.
         Por último, las instituciones sociales, leyes, reglas y costumbres que rigen nuestras relaciones influyen de manera determinante en el curso de nuestros pensamientos. Así, séase investigador en física energética, sacerdote, responsable de una administración pública u operador financiero, en cada caso, tal o cual cualidad intelectual se verá más favorecida que otra.

            Economía cognitiva

           Con las instituciones y las «reglas de juego» pasamos de las dimensiones colectivas de la inteligencia individual a la inteligencia del colectivo como tal. En efecto, se puede considerar a los grupos humanos como «entornos» ecológicos o económicos en los que aparecen y mueren, se expanden o disminuyen, compiten o viven en competencia, se conservan o mutan especies de representaciones o de ideas. No hablamos solamente de las ideas, representaciones, mensajes o proposiciones individuales, sino de sus especies: géneros literarios o artísticos, modos de organización de los conocimientos, tipos de argumentaciones o de «lógicas » utilizadas, estilos y soportes de los mensajes. Un colectivo humano es el escenario de una economía o de una ecología cognitiva en el seno de la cual evolucionan las especies de representaciones (Sperber).
Formas sociales, instituciones y técnicas modelan el medio ambiente cognitivo, de tal modo que ciertos tipos de ideas o mensajes tienen más posibilidades de reproducirse que otros. Entre todos, los factores que afectan a la inteligencia colectiva, las tecnologías intelectuales, tales como los sistemas de comunicación, de escritura, de registro y reproducción de la información, cumplen una función primordial. En efecto, ciertos tipos de representaciones difícilmente pueden sobrevivir o incluso aparecer en entornos desprovistos de ciertas tecnologías intelectuales, mientras que prosperan en otras «ecologías cognitivas». Por ejemplo, las listas de números, los cuadros, los conocimientos organizados de un modo sistemático no se pueden transmitir cómodamente en las culturas sin escritura. Las sociedades orales, en cambio, favorecen la codificación de las representaciones bajo la forma de relatos, que se pueden retener y transmitir más fácilmente en ausencia de soportes escritos. Por poner un ejemplo más contemporáneo, hoy en día una parte creciente de los conocimientos se expresa por medio de modelos digitales interactivos y de simulaciones, lo que evidentemente era impensable antes de la aparición de los ordenadores con interfaces gráficos intuitivos.

           Maquinas darwinianas 

La noción de inteligencia colectiva no es una simple metáfora o una analogía más o menos clarificadora, sino un concepto coherente. Nos hace falta una definición de «espíritu» que sea compatible con un sujeto selectivo, es decir, con una inteligencia en la que el sujeto sea a la vez múltiple, heterogéneo, distribuido y cooperativo/competitivo, y esté constantemente comprometido en un proceso autoorganizador o autopoiéti-co. El conjunto de estas condiciones elimina automáticamente los 92 modelos calculatorios o informáticos del tipo «máquina de Turing», que1 no poseen la capacidad de autocreación.
Los modelos inspirados en la biología, en cambio, parecen mejores candidatos, en especial el enfoque «darwiniano». Por definición, los principios «darwinianos» se aplican a las poblaciones.
Ponen en acción un generador de variabilidad o de novedad: mutaciones genéticas, utilización de una nueva conexión neuronal, invenciones, creación de empresas o de productos, etc. Integrada en su medio ambien-le, la máquina darwiniana selecciona entre las novedades introducidas por el generador. Su elección está determinada principalmente por la viabilidad y la capacidad de reproducción de los individuos o subpoblacíones provistos del carácter. Los sistemas darwinianos demuestran una capacidad de aprendizaje no dirigido o (la misma conclusión a la que llega una teoría del espíritu) una capacidad de autocreación continua. Por medio del juego dialéctico de las mutaciones, de las selecciones y de la transmisión de los elementos seleccionados, las máquinas darwinianas llevan su entorno por el camino de una historia irreversible. Las máquinas darwinianas encarnan a su manera la memoria de esta historia.
Este modelo, subrayémoslo, es compatible a la vez con los últimos datos de la psicología cognitiva (y especialmente aquella que concierne a la organización «semántica» de la memoria a largo plazo), con las tesis principales del psicoanálisis, incluso del esquizoanálisis, y no contradice la experiencia introspectiva o la fenomenología.
El psiquismo constituye una interioridad. En efecto, su topología no es un continente neutro, un sistema puro de coordenadas, sino, por el contrario, un espacio cualitativo, diferenciado, en el que las partes están relacionadas las unas con las otras y componen figuras o conjuntos figuras/fondos. Además, los signos y mensajes, circulando y poblando el espacio, remitiéndose recíprocamente, actualizando la conectividad, forjan igualmente ¡a interioridad del espíritu. Los valores, por su parte, se entredeterminan y forman un sistema. Por último, la energía que irriga el espíritu sólo abandona un lugar para ocupar otro, contribuyendo a una cierta forma de coordinación, de codependencia y de unidad en el seno del psiquismo.
Pero la unidad del psiquismo es la de una multiplicidad pululante, y su interioridad «afectiva» no es equiparable a un cierre.
El modelo de psiquismo que hemos propuesto se puede aplicar a un texto, una película, un mensaje o a una obra cualquiera. En efecto. en el caso de un mensaje complejo, hay que distinguir:
- una colección de signos o componentes del mensaje;
- conexiones, devoluciones, ecos entre las partes del mensaje;
- una distribución de valores positivos o negativos entre los elementos,  zonas  y lugares, así como un valor emergente del conjunto;
                  -  y finalmente una energía diversamente invertida en algunos lugares o en     algunos valores: «líneas de fuerza», una estructura.
Si lo vinculamos a su significado, el conjunto del mensaje, funciona como una configuración dinámica, una especie de campo de fuerza inestable (interpretable de modos diversos) y que para funcionar remite, evidentemente, a su exterior: otros mensajes, referentes «reales», intérpretes.
La imagen que hemos dado de la inteligencia viva o del psiquismo coincide con la de lo virtual. Por naturaleza, el individuo afectivo, aunque esté siempre conectado a su cuerpo, se desenvuelve fuera del espacio físico. Desterritorializado, desterritorializante, existe, es decir, que cree más allá del «allí». El psiquismo, por construcción, transforma el exterior en interior (el adentro es un pliegue del afuera) y viceversa, ya que el mundo percibido está siempre sumergido en el elemento del afecto. Por último, el paisaje psíquico, tal y como me he esforzado en describirlo, pertenece al ámbito de ¡a configuración dinámica. Es la vida de un nudo de fuerzas, de coacciones y de finalidades, la intimidad de un conjunto de tensiones, la imagen del marco inestable de signos de atracción heterogéneos que define toda situación problemática abierta.
El elemento psíquico ofrece un ejemplo canónico de lo virtual. ¿Cómo se actualiza ese virtual? Por medio de los afectos. Una vez más, los afectos designan aquí los actos psíquicos, cualquiera que sea su naturaleza. La cualidad de un afecto depende del medio mental que le dé sentido y al que contribuye a determinar. Las cualidades afectivas, a causa de la implicación recíproca entre una subjetividad y su mundo, también dependen de las cualidades del entorno, un medio exterior que no cesa de ofrecer nuevos objetos, nuevas configuraciones prácticas o estéticas para invertir. Así, a priori, ya no existen más límites para la eclosión de nuevos tipos de afectos que los de la producción de objetos o paisajes inéditos. Incluso se podría hablar de una inventiva afectiva. Por tanto, la clasificación ordinaria de las emociones (miedo, amor, etc.,) sólo ofrece una lista restringida y muy simplificada de los tipos de afectos.  


           Sociedades pensantes

Se comprende mejor ahora por qué la inteligencia está impregnada de una dimensión colectiva: por qué no son solamente los lenguajes, los artefactos y las instituciones sociales quienes piensan en nosotros, sino el conjunto del mundo humano, con sus líneas de deseo, sus polaridades afectivas, sus máquinas mentales híbridas, sus paisajes de sentido pavimentados de imágenes. Actuar en su entorno, por pequeño que sea, incluso de un modo que se podría pretender exclusivamente técnico, material o físico, equivale a erigir el mundo común que piensa de una forma diferente en cada uno de nosotros, a segregar indirectamente una cualidad subjetiva, a trabajar en los afectos. ¿Qué decir entonces de la producción de 98mensajes o de relaciones? He aquí el núcleo de ¡a moral: viviente, actuante, pensante, tejemos incluso la personalidad de la vida de los demás.
        También comprendemos por qué los colectivos humanos, como tales, se pueden denominar inteligentes. Porque el psiquismo es, por definición, colectivo:
se trata de una multitud de signos-agentes en interacción, cargados de valores, invirtiendo su energía en redes móviles y paisajes cambiantes.

Los colectivos humanos son especies de megapsiquismos, no sólo porque las personas los perciben y comprometen afectivamente, sino porque pueden modelarse adecuadamente mediante una topología, una semiótica, una axiología y una energética mutuamente inmanentes.
Por supuesto, la inteligencia es fracial, es decir que se reproduce de forma comparable en diferentes escalas de magnitud: macrosociedades, psiquísmos transindividuales de pequeños grupos, individuos, módulos infra-individuales (zonas del cerebro, «complejos» inconscientes), disposiciones transversales de personas diferentes entre módulos infra-individuales (relaciones sexuales, neurosis complementarias...).
Cada nudo o zona de la hipercorteza colectiva contiene, a su vez, un psiquismo vivo, una especie de hipertexto dinámico impregnado de tensiones y de energías adornadas de cualidades afectivas, animadas de tropismos, agitadas de conflictos.
Los sistemas inteligentes son «halográficos» y los grupos humanos son los más halográficos de los sistemas inteligentes. Al igual que las mónadas de Leibniz o las ocasiones (99) actuales de Whitehead, las personas encarnan una selección, una versión, una visión particular del mundo común o del psiquismo global.

           Colectivos humanos y sociedades de insectos
 
La noción de inteligencia colectiva evoca irresistiblemente el funcionamiento de las sociedades de insectos: abejas, hormigas, termitas. Sin embargo, las comunidades humanas difieren profundamente de los termiteros.
Primera diferencia, de la que se derivan todas las demás: la inteligencia colectiva piensa en nosotros, mientras que la hormiga es una parte casi opaca, casi no halográfica, un engranaje inconsciente del hormiguero inteligente. Nosotros podemos disfrutar individualmente de la inteligencia colectiva, que aumenta o modifica nuestra propia inteligencia. Contenemos o reflejamos parcialmente, cada cual a nuestra manera, la inteligencia del grupo. La hormiga, en cambio, no obtiene más que un minúsculo disfrute o visión de la inteligencia social. No recibe crecimiento mental. Beneficiaría obediente, participa sólo ciegamente de la inteligencia de! hormiguero.
         La hormiga no sólo recibe mucho menos que el hombre de la inteligencia social, sino que también contribuye a ella en una menor medida. Una mujer o un hombre, en el marco de una cultura, son capaces de aprender, de imaginar, de inventar y finalmente de hacer evolucionar, incluso muy modestamente, los lenguajes, las técnicas, las relaciones sociales que tienen lugar en su entorno. En estos menesteres, una hormiga —estrechamente sometida a una programación genética— es poco capaz. En los insectos, sólo la sociedad puede resolver problemas originales, mientras que los humanos, son más inventivos que otros grupos, como las multitudes y las burocracias rígidas. La inteligencia de las sociedades humanas es variable y, en el mejor de los casos, evolutiva, gracias a la naturaleza de los individuos que la compone y, lo que es la otra cara de una misma realidad, los vínculos, a menudo libres o contractuales, que la tejen.
Por el contrario, en el marco de una especie dada de hormigas, el funcionamiento del hormiguero es fijo.
Ciertas civilizaciones, ciertos regímenes políticos han intentado asimilar la inteligencia colectiva humana a la de los hormigueros, tratando a las personas como miembros de una categoría y, dando a entender que esta reducción del humano al insecto era posible o deseable.
Nuestra posición filosófica, moral y política está perfectamente contrastada: el progreso humano hacia la constitución de nuevas formas de inteligencia colectiva se opone radicalmente al concepto de hormiguero.
En realidad, este progreso debe profundizar en la apertura de la conciencia individual en el ámbito del funcionamiento de la inteligencia social, mejorando la integración y la valorización de las singularidades creativas que forman los individuos y los pequeños grupos humanos en los procesos cognitivos y afectivos de la inteligencia colectiva.
Este progreso no está en modo alguno garantizado, sino que está siempre amenazado por regresiones.

           La objetivación del contexto compartido

La reactualización contemporánea de este proyecto probablemente pasa por un uso juicioso de las técnicas de comunicación en soporte digital. Las tecnologías intelectuales y los dispositivos de comunicación están conociendo en este final del siglo XX mutaciones masivas y radicales. En consecuencia, las ecologías cognitivas están en vías de reorganización rápida e irreversible. La brutalidad de la desestabilización cultural no debe desalentarnos hasta el punto de ser incapaces (101)de discernir las formas emergentes más positivas socialmente y favorecer su desarrollo.
         El ciberespacio, conforme a modalidades todavía primitivas, pero que se perfeccionan de año en año, ofrece instrumentos de construcción cooperativa de contexto común en grupos numerosos y geográficamente dispersos. La comunicación, en este sentido, se despliega en toda su dimensión pragmática. No se trata ya de una difusión o de un transporte de mensajes, sino de una interacción en el seno de una situación que cada cual contribuye a modificar o estabilizar, de una negociación sobre significados, de un proceso de reconocimiento mutuo de los individuos y de los grupos vía la actividad comunicativa.

La clave es la objetivación parcial del mundo virtual de significado sometido al reparto y a la re interpretación de los participantes en los dispositivos de comunicación todos-todos. Esta objetivación dinámica de un contexto colectivo es un operador de inteligencia (102) colectiva, una especie de vínculo vivo que tiene lugar en la memoria o de conciencia común. Una subjetivación viva remite a una objetivación dinámica. El objeto común suscita dialécticamente un sujeto colectivo.

           La corteza de Antropía

El ciberespacio favorece las conexiones, las condiciones, las sinergias entre las inteligencias individuales, debido a que un contexto vivo está mejor compartido, los individuos o los grupos pueden orientarse mutuamente en un paisaje virtual de intereses o de (104) competencia y se incrementa la diversidad de los módulos cognitivos comunes o mutuamente compatibles.
Sabido es que en cada época histórica el hombre ha tenido la sensación de estar viviendo un «giro» capital y esto relativiza todas las impresiones del mismo orden concernientes al período contemporáneo.
Sin embargo, no puedo deshacerme de la idea de que hoy vivimos una mutación mayor en las formas de inteligencia colectiva.
Las objetivaciones dinámicas del contexto emergente, el reparto masivo y creciente de operadores cognitivos variados y la interconexión en tiempo real, independientemente de la distancia geográfica, parecen reforzar de modo recíproco sus efectos. Uno de los caracteres más relevantes de la nueva inteligencia colectiva es la intensidad de su reflejo en las inteligencias individuales. Los actos del psiquismo de una fracción creciente de la humanidad son perceptibles para las personas casi directamente.
          La imagen satelital de nuestro planeta, las imágenes que nos llegan a través de una multitud de redes mundiales de captadores, los modelos infonnatizados que integran estos datos, las simulaciones que adivinamos en las reacciones de la Tierra, su historia, la intimidad inimaginable de su vida de infinita lentitud, opaca, enorme y dispersa, todo esto, poco a poco, hace surgir, o resurgir, en el espíritu de los humanos la figura arcaica de Gaia. Frente a la antiquísima diosa, mezclada todavía con su sustancia, ahora casi se puede oír o ver pensar, creciendo ante nuestros ojos, rápido, crepitando, la gran hipercorteza de su hija, Antropía., Propongo, junto con otros autores, aprovechar este raro momento en el que se anuncia una cultura nueva para orientar deliberadamente la evolución en curso. Al razonar en términos de repercusión, se condena al sufrimiento. Una vez más, La técnica propone, pero el hombre dispone. Dejemos de diabolizar lo virtual (¡cómo si fuera lo contrario de lo real!). No se trata de elegir entre la nostalgia de un real fechado y un virtual amenazante o excitante, sino entre diferentes concepciones de lo virtual. La alternativa es simple. O el ciberespacio reproduce lo mediático, lo espectacular, el consumo de información comercial y la exclusión a una escala todavía más gigantesca que la existente hoy en día —ésta es de grandes rasgos la tendencia natural de las «autopistas de la información» o de la «televisión interactiva »—, o bien acompañamos las tendencias más positivas de la evolución en curso y nos planteamos un proyecto de civilización centrado en los colectivos inteligentes: recreación de los lazos sociales por medio de los intercambios de saber, reconocimiento, escucha y valoración de las singularidades, democracia más directa, más participativa, enriquecimiento de las vidas individuales, invención de nuevas formas de cooperación abierta para resolver los terribles problemas que la humanidad debe afrontar, acondicionamiento de las infraestructuras culturales y de programas informáticos de la inteligencia colectiva. 

El problema de la inteligencia colectiva
 
El problema de la inteligencia colectiva es fácil de enunciar pero difícil de resolver. ¿Pueden los grupos humanos ser más inteligentes, más sensatos, más sabios y más imaginativos que las personas que los componen? No sólo a largo plazo, a lo largo de la historia de la técnica, de las instituciones y de la cultura, sino aquí y ahora, al fi lo de los acontecimientos y de los actos cotidianos. ¿Cómo coordinar las inteligencias para que se multipliquen en lugar de anularse? ¿Hay medios para inducir una valorización recíproca, una exaltación mutua de las capacidades mentales de los individuos en lugar de someterlos a una norma o rebajarlos al mínimo común denominador? Toda la historia de las formas institucionales, de los lenguajes y de las tecnologías cognitivas se podría interpretar como ensayos más o menos felices para resolver estos problemas.
Si bien todas las personas son inteligentes a su manera, los grupos a menudo decepcionan. Se sabe que, en una muchedumbre, las inteligencias individuales, lejos de sumarse, tienden a dividirse.
La burocracia y las formas autoritarias de organización aseguran una cierta coordinación, pero a costa de la asfixia de las iniciativas y de la anulación de las singularidades.
Bastan algunas reglas correctas de organización y de escucha mutua para la valorización recíproca de las inteligencias en los grupos pequeños. Pero más allá de los grupos sociales de unas diez mil personas, la planificación jerárquica y la gestión de lo humano por categorías masivas han resultado inevitables durante mucho tiempo.
          ¿Por qué el «mundo de la cultura», en el sentido burgués del término, es decir por qué los grupos que produjeron y disfrutaron de la ciencia, la filosofía, la literatura y las bellas artes, ejercieron tanto atractivo durante mucho tiempo? Probablemente porque se acercó, de un modo elitista e imperfecto, a un ideal de inteligencia colectiva. He aquí algunas de las normas sociales, valores, reglas de comportamiento que se supone que rigen (idealmente) en el mundo de la cultura: evaluación permanente de las obras por pares y público, reinterpretación constante de la herencia, no admisión del argumento de autoridad, incitación al enriquecimiento del patrimonio común, cooperación competitiva, educación continua del gusto y del sentido crítico, valorización del juicio personal, preocupación por la variedad, estimulación de la imaginación, de la innovación, de la búsqueda libre. Uno de los mejores signos de la proximidad entre este mundo de la cultura y los colectivos inteligentes es su compromiso (de principio) a poner en entredicho el poder. El ideal de la inteligencia colectiva evidentemente no es difundir la ciencia y las artes en el conjunto de la sociedad, descalificando al mismo tiempo a otros tipos de conocimiento o de sensibilidad, sino reconocer que la diversidad de las actividades humanas puede y deber ser considerada, tratada y vivida como «cultura» en el sentido que acabamos de evocar. En consecuencia, cada ser humano podría —debería— ser respetado como un artista o un investigador en la república de los espíritus.
 
           En el estadio

Michel Serres nos ha enseñado a leer en los estadios ciertos teoremas de antropología fundamental. Imaginemos un partido de fútbol o de rugby. Escuchemos en primer lugar el sonido que desciende de las gradas. Los simpatizantes del mismo equipo gritan a coro las mismas consignas en el mismo momento. Los actos individuales se distinguen mal, no llegan a entrelazarse para crear una historia o memoria, no inician ninguna bifurcación irreversible. El individuo está sumergido en la masa de simpatizantes, en el ruido de fondo de la multitud.
Pero la inteligencia de esta masa (capacidad de aprendizaje, de imaginación, de razonamiento) es bastante baja, tanto si se manifiesta en el estadio como a la salida del mismo.
Los espectadores no tienen ninguna posibilidad de acción sobre el desarrollo del espectáculo que los ha reunido en el campo, todos tienen la misma función en la grada y el terreno de juego que está fuera de su alcance. El vínculo (el espectáculo del partido) es trascendente (109) para las personas que componen el colectivo. En las gradas, hacer sociedad es estar a favor o en contra, estar en un campo, amar a los hinchas del equipo propio y abuchear a los demás.
En cambio, sobre el terreno de juego no basta con detestar al equipo contrario. Es necesario estudiarlo, adivinarlo, preverlo, comprenderlo.
Hace falta, sobre todo, coordinarse en tiempo real con los compañeros de equipo y reaccionar con precisión y rapidez «como un solo hombre», aunque sean muchos.

           Presas, territorios, jefes y sujetos

Los mamíferos superiores, y sobre todo los primates sociales de los que descendemos, no tienen objetos. Ciertamente, conocen, como todos los animales, las presas. En algún sentido, la presa es un protoobjeto.
           La caza puede dar lugar a la cooperación. La presa capturada suscita rivalidades o combates. Por tanto, es sin duda un operador primitivo de socialización. Pero la presa está destinada a ser devorada, incorporada, reabsorbida finalmente dentro de un sujeto.
¿Acaso los jugadores desgarran, comparten y después se comen el balón que han capturado?
Los animales también tienen fuertes relaciones con los territorios y cada sociedad defiende el suyo contra la invasión de los demás. La sociedad animal define especialmente su identidad por su relación con  un territorio determinado. Los perros, los gatos y muchos otros animales marcan su territorio con su olor corporal. Los pájaros lo hacen con su canto. ¿Por qué el territorio aun no es un objeto? Porque funciona bajo el modo de apropiación o de identificación excluyente. El individuo dominante ejerce una función de unificación y de coordinación de la sociedad, inhibiendo la agresividad de los individuos entre sí,' polarizando la atención de los demás miembros, imponiendo las grandes orientaciones (caza, migración). Una vez más, ni el sujeto dominante, ni el sujeto sometido son objetos. Sin embargo, el balón tiene alguna afinidad con la relación de dominio, porque está sometido y es centro de atención a un tiempo. En un sentido, sustituye al jefe, al subordinado o a la víctima, pero virtualizándolos.
Por el contrario, lejos de fijar una relación estable de dominio, el balón mantiene una relación cooperativa (en el mismo equipo) y competitiva (entre los equipos) igualitaria y siempre abierta. Ni que decir tiene que el juego consagra campeones y deja vencidos, pero estas condiciones sólo se dan durante los partidos. Durante el juego no influye ninguna jerarquía instituida: la circulación del balón las suspende.

          El dinero, el capital

En un sistema capitalista la moneda constituye, sin duda, uno de los objetos más eficaces. Si cada uno guardara su dinero en un cofre, el juego económico contemporáneo se desmoronaría completamente.
En cambio, los propietarios guardan su tierra y ello no tiene ninguna consecuencia catastrófica para la agricultura. Fluida, compartible, anónima, la moneda es la antítesis del territorio. Esto es lo que expresa de un modo ilustrativo el famoso adagio según el cual el dinero no tiene olor. Ningún individuo, por más pestilente que sea, puede marcar el dinero con su identidad o con sus actos. La moneda no existe como tal y sólo desempeña una función económica positiva mediante la circulación.
Es el delineante, el vector y el regulador de las relaciones económicas.
El dinero no es la riqueza, sino la virtualidad de la misma. Aunque pueda parecer paradójico, el dinero no es apropiable, o mejor, por medio de su circulación incesante convierte lo público en privado y lo privado en público, haciendo participar a cada cual de un modo diferente, en la inteligencia colectiva del mercado capitalista. El dinero, obviamente, puede ser un incentivo para el poder y la dominación, pero también cataliza fuerzas sociales desterritorializantes que no respetan ninguna jerarquía instituida.

            La comunidad científica y sus objetos

La comunidad científica es otro ejemplo de colectivo inteligente unido por la circulación de objetos. Estos objetos, en principio, «se estudian por sí mismos» de un modo desinteresado, lo que equivale a decir que no son territorios, ni presas ni sujetos sometidos o reverenciados. Dichos objetos emergen de una dinámica de inteligencia colectiva que virtualiza ciertas manifestaciones particulares (fruto de la observación, de la experiencia, de la simulación) para crear problemas constantes: el electrón, el agujero negro, tal o cual virus, etc.
La inventiva científica consiste en generar verdaderos objetos, es decir vectores de comunidades inteligentes, capaces de interesar a otros grupos que pondrán en circulación, enriquecerán, transformarán e incluso harán proliferar el objeto inicial, transformando así su identidad dentro de la comunidad. Como en el caso del fútbol, la función de cada cual es y debe ser exclusiva (un artículo científico está sujeto a la originalidad), el juego es a la vez cooperativo y competitivo, las acciones se «construyen» unas sobre otras, contribuyendo a instaurar una historicidad, una irreversibilidad compleja. Las disciplinas distribuyen por territorios la dialéctica abierta de los objetos y de los colectivos científicos.

           El ciberespacio como objeto

La expansión del ciberespacio representa la más reciente de las grandes apariciones de objetos inductores de inteligencia colectiva. ¿Qué es lo que hace tan interesante a Internet? Decir que es «anarquista» sería una forma burda y falsa de presentar las cosas.
En realidad, es un objeto colectivo, dinámico, construido, o al menos alimentado, por todos aquellos que lo utilizan. Internet ha adquirido este carácter de no-separación al haber sido fabricado, extendido y mejorado por los informáticos, que al principio fueron sus principales usuarios. Crea un vínculo por el hecho de ser, al mismo tiempo, objeto colectivo de sus productores y de sus exploradores (Huitema 1995).
El ciberespacio ofrece objetos moviéndose entre los grupos, memorias compartidas, hipertextos comunitarios para la constitución de colectivos inteligentes. Hay que distinguirlo, en primer lugar, de la televisión, que no cesa de mostrar poderosos y víctimas a masas de individuos aislados e impotentes. En segundo lugar, no hay que confundirlo con su doble perverso, la autopista electrónica, que pone en escena un territorio (las redes físicas, los servicios con peaje) en lugar de objetos colectivos. La autopista electrónica degrada a cosa apropiable lo que antes era un objeto circulante. Si el ciberespacio es el resultado de una virtualización de los ordenadores, la autopista electrónica cosífica ese virtual. La complejidad de los debates alrededor de la naturaleza comercial o no comercial de Internet tiene profundas implicaciones antropológicas. Uno de los orgullos de la comunidad que ha hecho crecer la Net es haber inventado, a la vez que un nuevo objeto, una manera inédita de crear una sociedad inteligentemente.

          ¿Qué es un objeto?

Es el momento ahora de extraer las características generales del objeto antropológico, objeto-vínculo o mediador de la inteligencia colectiva. Este objeto debe ser el mismo para todos, pero al mismo tiempo diferente para cada cual, en el sentido en que cada uno está, con respecto a sí mismo, en una posición diferente. El objeto marca o traza las relaciones mantenidas por los individuos, los unos con respecto a otros. Circula, física o metafóricamente, entre los miembros del grupo. Se encuentra, simultánea o alternativamente, en las manos de todos. Por esto, cada uno puede inscribir en él su acción, su contribución, su impulso, su energía. El objeto no sólo permite llevar el todo frente al individuo, sino que también implica al individuo en el todo. Sin embargo, el objeto, contenido y dominado por los grupos que constituye, continúa siendo exterior, «objetivo », ya que no pertenece al grupo como otro sujeto.
El objeto sostiene lo virtual: desterritorializado, operador del paso recíproco de lo privado a lo público o de lo local a lo global, no destruido por su uso, no excluyeme, traza la situación, carga con el campo problemático, el núcleo de tensiones o el paisaje psíquico del grupo.
Esta virtualidad con soporte objetivo se actualiza normalmente en acontecimientos, en procesos sociales, en actos o afectos de la inteligencia colectiva (pases del balón, enunciados de un relato, compras o ventas, nuevas experiencias, enlaces añadidos en la Web). Pero el objeto, en lugar de conducir actos, se puede también desmoronar en cosa, en sujeto o en sustancia, cosifícarse en presa, en territorio.
Siguiendo la función que se le hace desempeñar, la misma entidad puede ser cosa u objeto.
El funcionamiento de un objeto como mediador de inteligencia colectiva implica siempre un contrato, una regla de juego, una convención.

           El objeto / el humano

Antes decíamos que la humanidad se había constituido virtualizando la violencia por medio del contrato, el aquí y ahora por el lenguaje y sus funciones orgánicas por la técnica. Ahora bien, el objeto, transversal, viene a ultimar y a unificar las tres virtualizaciones de la relación con los seres, de la relación con los signos y de la relación con las cosas.
En efecto, podemos añadir ahora que la virtualización de la violencia no pasa sólo por el contrato sino también, y sobre todo, por el objeto, que induce vínculos sociales no violentos ya que escapa a la depredación, a la apropiación exclusiva y a la dominación.
          Por otro lado, la virtualización del aquí y ahora efectuada por el lenguaje extiende, como hemos visto, el tiempo y el espacio más allá de la inmediatez sensorial. Pero este proceso de virtualización sólo termina con la construcción del objeto, un objeto independiente de las percepciones y de los actos del sujeto individual, un objeto cuya imagen sensible, el manejo, el efecto causal o el concepto pueda ser compartido por otros sujetos. El mundo objetivo que emerge en el lenguaje excede ampliamente de cualquier otro mundo material que esté poblado sólo de cosas. Tal es el desafío del lenguaje: la existencia de un objetivo que, en la misma operación, relacione a los seres y constituya los sujetos.
Por último, la técnica virtualiza la acción y las funciones orgánicas.
Ahora bien, la herramienta, el artefacto, no son solamente cosas eficaces. Los objetos técnicos pasan de mano en mano, de cuerpo en cuerpo, como testigos. Inducen usos comunes, se convierten en vectores de competencia, mensajeros de memoria colectiva, catalizadores de cooperación.
Así, el objeto atraviesa las tres virtualízaciones fundamentales de la antropogénesis, es constitutivo de lo humano como sujeto social, sujeto cognitivo y sujeto práctico. Entrelaza y unifica las subjetividades técnica, del lenguaje y relacional.
Si tú no eres un animal, si tu alma es más virtual, está más desligada de la inercia que la de un mono o un bisonte, sin duda es porque puede alcanzar la objetividad. Nuestra subjetividad se abre al juego de los objetos comunes que tejen con un mismo gesto simétrico y complicado la inteligencia individual y la inteligencia colectiva, como el anverso y el reverso del mismo tejido, bordando en cada cara la cifra indeleble y flagrante de la otra.


           Los cuatro modos de ser

Lo posible y lo virtual tienen, evidentemente, un rasgo común que explica la confusión tan frecuente que se produce entre ellos: los dos son latentes, no manifiestos. Más que librar una presencia, anuncian un futuro. En cambio, lo real y lo actual son, ambos, patentes o manifiestos. Desdeñando las promesas, están aquí y muy aquí. ¿Cómo comprender, ahora, la divergencia que separa lo posible y lo real, por un lado, y lo virtual y lo actual, por el otro?
Lo real, la sustancia, la cosa, subsiste o resiste. Lo posible recela de las formas no manifestadas, todavía durmientes: escondidas, estas determinaciones insisten. Lo virtual, corno se ha desarrollado suficientemente en este libro, no está aquí, su esencia está en la salida: existe. Por último, lo actual, manifestación de un acontecimiento, llega, su ejecución es la circunstancia.

          Epílogo: bienvenida a los caminos de lo virtual

          Precisamente, porque lo actual es tan valioso, debemos pensar con la mayor urgencia en la virtualización que lo desestabiliza y habituarnos a ella. Creo que el sufrimiento de experimentar la virtualización sin comprenderla es una de las principales causas de la locura y de la violencia de nuestro tiempo.
En este libro he querido mostrar que la virtualización es el movimiento por el cual se ha constituido y continúa creándose nuestra especie. Sin embargo, a menudo la virtualización se considera inhumana, deshumanizante, como la más aterradora de las alteridades en curso. He intentado humanizarla, analizándola, pensándola, a veces cantándola, inclusive por cuenta propia. Numerosos intelectuales de hoy, orgullosos de su función «crítica» creen hacer una labor honorable propagando el desasosiego y el pánico a propósito de la civilización emergente. En cuanto a mí, por medio de un trabajo de poner en palabras, de construcción de conceptos y de integración en la cultura, he querido acompañar a algunos de mis contemporáneos en su esfuerzo por vivir un poco menos en el miedo y el resentimiento. He querido dotar de herramientas, por medio de una cartografía de lo virtual, a aquellos que, como yo, intentan con gran esfuerzo convertirse en actores.
La virtualidad, en sentido estricto, no tiene nada que ver con aquello que nos dice la televisión. No es un mundo falso o imaginario.
Por el contrario, la virtualización es la propia dinámica del mundo común, aquello por lo que compartimos una realidad. Lo virtual, lejos de delimitar el reino de la mentira, es precisamente el modo de existencia de donde surgen tanto la verdad como la mentira.
Hablo de arte y de estética porque, como muchos, apenas considero la instancia política tradicional, se apodera de mí la consternación.
Pero, a fin de cuentas, se trata de hacer prevalecer una inquietud artística, criterios verdaderamente estéticos (aquellos que acabamos de evocar), un espíritu de creación en el seno mismo de la acción política, así como en la ingeniería más «puramente técnica» o —¿por qué no?— en las actividades económicas.
¿Por qué este arte transversal debe intervenir activamente en la dinámica de la virtualización? Porque la actualización a menudo tiende a Ja realización. Porque la invención de una nueva velocidad se desmorona fácilmente en una simple aceleración. Porque la virtualización a veces se convierte en la descalificación de lo actual. Porque la puesta en común, que es la operación característica de la virtualización, bascula demasiado frecuentemente en la confiscación y la exclusión.
          La fuerza y la velocidad de la virtualización contemporánea son tan grandes que exilian a los seres de sus propios conocimientos, los expulsan de su identidad, de su oficio, de su país. La gente se atasca en las carreteras, se amontona en los barcos, se empuja en los aeropuertos. Otros, todavía más numerosos, verdaderos inmigrantes de la subjetividad, son forzados a vivir un nomadismo interior. La más alta moral de los nómadas debe convertirse, en este momento de gran desterritorialización, en una nueva dimensión estética, el rasgo mismo de la creación. El arte y, por lo tanto, la filosofía, la política y la técnica que inspira y atraviesa, debe oponer una virtualización revalorizante, incluyente y hospitalaria a la virtualización pervertida que excluye y descalifica. Aguzad el oído a la interpelación de este arte, de esta filosofía, de esta política inaudita: «Seres humanos, gentes de aquí y de todos lados, vosotros que habéis sido arrastrados por el gran movimiento de la des-territorialización, vosotros que habéis sido incorporados al hipercuerpo de la humanidad y cuyo pulso tiene eco en sus pulsaciones gigantescas, vosotros que pensáis reunidos y dispersos entre la hipercorteza de las naciones, vosotros que vivís atrapados, separados en este inmenso acontecimiento del mundo que no deja de referirse a sí mismo y de recrearse, vosotros que habéis sido arrojados vivos en lo virtual, vosotros que habéis sido tomados en este enorme salto que nuestra especie efectúa hacia el origen del flujo del ser, sí, al corazón mismo de esta extraña turbulencia, vosotros estáis en vuestra casa. ¡Bienvenidos a la última residencia del género humano. Bienvenidos a los caminos de lo virtual!».
 
REFERENCIA

-      -   LIBRO ¿Qué es lo virtual? De Pierre Levy.